TAPÍS - Mónica Fuster, natura abscondita

Texto de Inés Marful

Mónica Fuster, natura abscondita

En lo más íntimo de la pieza TAPÍS, de Mónica Fuster, en el centro de la pirámide escalonada que tiende sus astas doradas hacia los cuatro puntos cardinales, hay un pequeño cuenco donde cae la lluvia, intermitente, lustral, abrillantando con su incontable lágrima un texto de Kabir: “Tal vez mañana o cualquier día el cuerpo te demuestre que no es un lugar seguro para guardar tu vida. Como el agua en vasija de barro sin cocer.” Ese hermoso epitafio, dedicado al padre de la artista, no puede verse en el vídeo TAPÍS porque –aún– no estaba. La pieza surgirá después de su muerte, como una coda funeraria que hubiera frenado su impulso para fraguar más tarde, haciéndonos reparar en esa ausencia –el padre, el cuenco que excavaría en la piedra su memoria– como en un punto de ancla desde donde poder emprender viaje a la obra de Fuster. ¿En qué hondonada esconderé mi alma?, se pregunta Borges. Y, sin embargo, con la sencilla ceremonia de un par de manos ahuecadas con las que Fuster describe la pieza, hay un menhir negativo que taladra con su humilde fosa el espesor de una historia inmemorial.

Retro-ceder, pues. Apelar al etimón que nos empuja a caminar hacia atrás y ver en este proyecto el testimonio, trascendental, de una búsqueda. Radicarse. Arraigar. Echar raíces y dibujar en la horizontal simbólica de una biografía las líneas que definen aquello a lo que Charles Mauron se refirió como un “mito personal”. Volveremos después sobre este aparente oxímoron, pero, ahora, sigamos el vuelo de esa cámara que, en la obertura de TAPÍS, planea sobre los campos de cultivo del “tap de cortí” en Vilafranca de Bonany y nos permite sentir el don del vuelo. Descendamos a tierra y acompañemos a Mónica Fuster en la recogida del “tap de cortí”, una variedad mallorquina de pimiento cuyos ápices purpúreos apuntan al cielo como el bastón de un arúspice. Imaginemos las cámaras internas, como si de un corazón se tratara, y, en ellas, la multitud de semillas encapsuladas que habrán de propagarse en futuras cosechas. Rojo, como la sangre, el “tap de cortí” nos lleva al rubedo de la alquimia, última fase de un proceso de delicada decantación que Jung traslada desde el mundo de la materia (el elixir, el oro, la piedra filosofal) a las transformaciones que tienen lugar dentro de la alquimia psíquica. Mysterium coniunctionis que vertebra, como una vena arcana, soterrada, hermética, constante, la investigación plástica de Mónica Fuster.

Manifiesta o latente, todo discurso artístico lleva implícita una cierta narrativa. Ascender desde la cadena de representaciones que componen TAPÍS a la matriz de un significado simbólico coherente es tarea de una hermenéutica insegura sobre la que se proyecta, inevitable, el resplandor sombrío de una interpretación personal. No obstante, la cadena de isotopías que la obra reitera nos permite acercarnos a cada imagen de TAPÍS como a una serie de biografemas, testimonios indudables de la presencia de la autora y de las ob-sesiones que alberga. Proyectos precedentes, como From cause to consequence (and back again) y Oleo e I-Kâdo nos remiten, de hecho, a una investigación personalísima, hondamente tes(x)tifical y perpetuamente in fieri en el seno de una trayectoria de un admirable rigor unitario. Tejidos/textos, tinturas, libros a menudo marcados por una inquietante agrafía lexical que nos remite a la esfera de lo inefable, el carácter ritual en el tratamiento de la substancia orgánica y el color van multiplicando los múltiples senderos en los que la transformación alquímica de la materia indica una vía de ascenso que se desplaza entre tierra y cielo en la implacable tensión de una continuidad umbilical que parte de la fisicidad del producto, en este caso el “tap de cortí”, pimiento/pigmentum, para elevar el fruto y su color hasta su esencia mística.

Nigredo / Sinfonía en 12 movimientos; en TAPÍS la recolección inicial del “tap de cortí” es seguida por la limpieza del espacio, desnudo y pedregoso, del que ha sido extraídos para pasar a esa labor de enristrado que hombres y mujeres comparten, reunidos en torno a una mesa que preludia la soledad de la artista, cargando sobre su espalda por los campos del Salobrar una capa/cruz de resonancias indudables. Calvarie locus que se extiende a lo largo de seis kilómetros que, de forma literal, traen a nosotros el pathos crístico y sacrificial de las tres caídas. Diríase que esa dolorosa contritio en la que la artista lleva en sí, sobre sí, la prima materia del “tap de cortí”, la desnudez doliente de la physis, es el nigredo de una alquimia mística que atraviesa su primera fase buscando la natura abscondita del material orgánico que deberá transustanciarse a través del molido y del subsiguiente bautismo alegórico del albedo, purificación y ablución cuya contundencia plástica produce en nosotros la impresión de una ceremonia milenaria que nos golpea íntimamente. Una cartografía cuidadosamente excavada en el suelo pedregoso, cuya magnífica escala nos permite contemplarlo a vista de pájaro, caligrafía, con el propio polvo del “tap de cortí” recién molido, la palabra TAPÍS. Ornar la tierra inculta. Grabar sobre ella, con la morosa lentitud de esa mano de mulier faber que va tiñendo el suelo de un naranja intenso, el testimonio de un opificio mundi o de una re-generación que, quizá hoy más que nunca, se reclama como necesaria.

Albedo / No es casual que Mónica Fuster interprete la transición al albedo, proceso de purificación de resonancias lunares y claro acento femenino, bajo el símbolo de la hilatura y la trama. Limpiar las fibras blancas de las telas de lino y algodón procedentes de la fábrica de telas de llengües, enjuagarlas cuidadosamente en continentes sucesivos de agua regia, es a la vez el equivalente simbólico de un proceso de clarificación interior y de una sutura cósmico-terrestre que adquiere su correlato en la figura de la artista, que, envuelta en una suerte de sudario albo, se re-friega sobre una escultura orgánica confeccionada con pastillas de jabón. Labrando su propia forma a ras de tierra. Sumida, aún, en el misterio de ese abismo trascendente cuyos fotogramas deslumbran la retina como los rayos de tinieblas que un día concibió Plotino. El zumbido de una abeja, que irrumpe puntualmente en la ceremonia, pone un contrapunto de polinización mística a este ritual en el que la contingencia del cuerpo/trama, ovillado en la vasija de una placenta mística, nos traslada desde la urdimbre inmanente de la carne a su sublimación trascendente. Entre los adoquines jabonosos, nacen hojas de buganvilla de color fucsia que nos conducen directamente al proyecto INCERTIDUMBRE, alzando sus alfanjes vegetales sobre el suelo jabonoso en lo que se anuncia como el prefacio de una delicada y morosa hierofanía. “Con esto –dice Jung- se consigue la primera meta principal del proceso, el albedo, tinctura alba” que purifica y otorga un prefacio lunar a la salida del sol con la que el héroe, padre mítico, ave fénix eternamente reencarnada, renace de sus cenizas.

Rubedo / Tintar la claridad del paño con la tintura extraída del “tap de cortí”. Sumergirse en la llama anaranjada que parece arder bajo las luces del poniente. Contemplar la figura de la artista zarandear la tela y dejarla ondear, bandera alquímica, en el éxtasis final de un vuelo íntimo, de un vuelo éxtimo. Asistir a la boda alquímica en la que physis y nous acaban por reunirse en la calidez de un metafórico abrazo que solapa las figuras de padre e hija; que solapa, también, el sentido último de la escalera de figueral que, instalada en el propio locus del Salobrar de Campos, sacraliza el espacio y lo erige en sede y en metáfora de una condición ontológica universal, materia prima que ha sido bendecida a través de ese calvario iniciático y de esa labor de colada espiritual que ahora esplenden en la gradualidad ascendente de una verdadera escala meta-física. En la pieza que falta –aún– una vasija-útero-mujer, Mónica Fuster, matriz y matraz alquímico, parece querer hacer renacer al padre, ave fénix cuya figura se expande solidaria con la de la Naturaleza entera. Pater naturalis. Pater aeternus cuya prima materia ha hecho posible la existencia de la artista. Espetado en la tierra, un día no lejano ese cuenco, cuya sobredeterminación nos sumerge en una red de multiplicidades simbólicas, albergará el agua de la lluvia, y de ella beberán los pájaros, y el agua fraguará en la quietud del hielo y ascenderá, evaporándose, nadir y cénit, bajo la caricia de un sol invictus.

Coda / ¿Qué remotas regiones teñirán nuestras almas cuando tengan, al fin, el don incierto y póstumo del vuelo? Pasado ya el solsticio de verano, Perséfone vuelve a las profundidades para resurgir, como el Fénix, en otra primavera. A esta hora de la noche, junto al río, los cínifes se inmolan en la llama de una vela. La luz de la luna ilumina el cuenco donde un día reposará, peregrina alquímica, el alma buena de Pedro Fuster. Y una nueva Opus magna, otra Gran Obra de Mónica Fuster, peregrina incansable del misterio, arrojará sobre él la plenitud cíclica de un milagro.

Inés Marful

Doctora en Filología y Filosofía

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